viernes, 10 de octubre de 2014

(SACADO DEL DIARIO DE JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ, DE LA ENTRADA DE HOY 10 DE OCTUBRE DE 2014)



     Esta mañana se me ocurrió acercarme al Pompidou. Me desagrada ir, porque siempre me invade una sensación de humillación - la que no sintieron los que lo levantaron - al pisar ese edificio espantoso y ver la basura que encierra. Pero hay una exposición de Marcel Duchamp que sí merece la pena. Y en fin, he hecho de tripas corazón y me he aventurado. De paso, me he dicho, volveré a contemplar esos Bacon asombrosos (de los que por cierto, ya sólo queda uno), y algún Picasso, y, bueno, ese Matisse, ese Otto Dix, esos veinte cuadros más o menos que son lo único salvable, porque todo lo demás, edificio por supuesto incluido, no merece sino la destrucción. Es lo que yo haría: salvar esos cuadros, hasta el de mi viejo amigo Matta, y el resto derribarlo y dedicar el espacio a jardines y cafés; y ya de paso, que los basureros se llevasen esas imbecilidades que "adornan" la placita al lado.
     Cuando estoy en el Pompidou se me acentúa muchísimo el desprecio que siento por los responsables gubernamentales de eso que llaman "Cultura" y por los codiciosos que se dicen "artistas", que se aprovechan de su escasez mental y que son capaces de asesinar el Arte con tal impunidad, tal desfachatez y tanta vileza.
     Además, siempre que voy estoy a punto de tener un altercado, porque me indigna ver lo que se hace con los niños, cómo se intenta deformar su cabeza hasta convertirlos en zombis ya esterilizados culturalmente, matar en ellos lo que existe de admiración natural por la Belleza, de libertad, de sano vivir... Esta mañana, como era de esperar, había varios grupos de colegiales; muy pequeños, sobre nueve o diez años. He visto tres grupos, dos presididos por profesoras jóvenes y otro por un señor mayor. Me he detenido junto a uno de ellos: un círculo de niños imagino que aún perfectamente redimibles, sentados en el suelo ante un engendro que ocupa una pared inmensa y que consiste en muchísimos globos terráqueos, de esos que venden, de plástico, en cualquier sitio, y a los que el sinvergüenza que los ha "creado" había pegado pedazos de papel de estraza. Pues bien, delante de esa abominación, una, por su aspecto, muy "progresista" profesora  les explicaba con profunda convicción, a esos desamparados, la grandeza de la obra donde al artista había plasmado la ferocidad de, por supuesto la Derecha, amordazando y asfixiando al mundo. He estado a punto de intervenir, de decirle a la profesora que era una incapaz, absolutamente inculta, pero peligrosa, que estaba atentando contra lo que pudiera haber de esperanza de inteligencia y sensibilidad en esos niños; y que era indigno que alguien así suplantara figura tan noble como la de maestro. Y a los niños les hubiera dicho que huyeran, que no pisarán nunca más ese lugar infecto y, de ser posible, ni siquiera su colegio. De verdad, me ha costado refrenarme,

    Sí. Por higiene social:  Cerrar el Pompidou. El destino de más del 90 por ciento de lo que ahí se almacena, no merece más que el desprecio. Y el fuego.

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